Hará un par de semanas atrás, un día Lunes, caminaba dentro de unas galerías que hay en Estación Central. Se podría decir que andaba "vitrineando", aunque la verdad es que andaba más perdida que Sonia (Sonia, la única; excelente cantante de épocas remotas que siempre olvidaba la letra de sus canciones) buscando la entrada al estacionamiento.
Como no tenía mayor apuro, empecé a mirar tienda por tienda.
Pronto me picó el bichito ése que los antibióticos jamás podrán matar: Comprar, comprar, que el mundo se va a acabar.
Entonces, antes que el bicho se volviera gigante y me hiciera caer en gran pecado, entré a una tiendita de joyas de plata y piercing, para que nada me fuera a costar un ojito de la cara.
Una vez dentro, me tincaron unos aros colgantes con cristal murano. Los quería verdes pero solo tenían azules. Los compré igual. Como el gastadero fuera casi imperceptible, me quedaba plata y ganas de seguir gastando.
Miré como mil piercing diferentes y estuve a 10 segundos de hacerme uno en la nariz. Después pensé "Este hoyito se me va a infectar, viene la primavera, las alergias ¿y cómo cresta me voy a sonar con un pedazo de titanio incrustado en la ñata?
Bueno, como la decisión de perforarme estaba tomada y el piercing era un poco arriesgado, me tiré con algo suavecito: otro par de hoyitos en las orejas.
La niña agarró unos aros quirúrgicos (yo ni sabía que existían esas leseras), desinfectó todos los materiales que iba a usar, tomó como toda una Cowgirl una mansa pistola, la cargó con los aros y procedió a percutarla en cada lóbulo de mis orejas.
Me dio mil instrucciones a seguir para que no se me infectaran y me fui.
Grande fue mi sorpresa del día siguiente, al percatarme que los "brand new holes" estaban intactos pero los antiguos (de los cuales pendían los aritos azules) sí se infectaron.
Me eché cuanta tontera encontré: Bialcol, povidona, un antibiótico con corticoides de uso veterinario (que me peló las orejas) y no hubo caso: Cada día tenía las orejas más rechonchas y coloradas y por las noches tenía que dormir como Drácula para no aplastarme más mis orejitas.
Le Conté a la Sole (Invisible_Soledad) y le pregunté si sabía acaso los famosos palitos de orégano funcionaban.
Me dijo que sí. Así es que fui a la cocina a buscar orégano seco para incrustarme esas cuestiones antes de morir de septicemia aguda por un miserable par de hoyos en las orejas.
Solo encontré orégano molido (vaya si seré quemada). Como ya no daba más de desesperación por el ardor, abrí el refrigerador buscando verduras frescas y ¡¡¡Encontré orégano!!!
Lo lavé prolijamente, lo pelé un poco porque estaba tantín grueso el asunto y a sufrir como yegua tratando de meterme esos palitos en mis tremebundas orejas de mina poco resistente a las infecciones. Por fin lo conseguí. Los metí con hojitas y todo, me cayeron sus buenos lagrimones de dolor y volví a meterme en mi sarcófago nocturno.
A la mañana siguiente ¡¡¡MILAGRO!!! mis orejas estaban desinflamadas, habían perdido su tono rubí tirando a violeta y lo más importante, no me dolían.
Desde ese día no me he vuelto a poner aros, ando por la calle felizcota con mis palitos de orégano hermoseando las orejas.
Quién diría que un palo de orégano sirve tanto...









