Cuando era una cabra chica, no sé por qué motivos, el tiempo me sobraba. Me alcanzaba para todo y no me cansaba con nada.
Mi colegio tenía doble jornada: partíamos a las 9:00, hasta las 12:00 y después de 2:00 a 5:00. Llegando a la casa, mi mamá me llevaba directo a hacer las tareas. Y como siempre me gustó saber harto de todo, tenía 3 libros de cada ramo y me los sabía todos de memoria. Era muy florerito, así es que cada lunes me paraba en frente de todo el colegio y recitaba, bailaba, actuaba...en fin, los lunes por la mañana yo era show fijo.
Juntaba plata todo el año y esperaba con ansias la FISA pero yo no hacía como el resto de los niños de mi edad que se dedicaban a comprar juguetes tales como masa lunar, ula ulas, pelotas saltarinas o esa asquerosidad verde con consistencia de moco que venía en lata. No, yo me iba directo al stand de España y compraba libros. Ciencias y enciclopedias eran mi objetivo primordial.
Si detuviera el relato acá, podría pensarse que era una mamona de tomo y lomo pero sería una gran equivocación.
En los recreos jamás anduve con un cuaderno en la mano. Jugaba y jugaba rudo. Inventábamos juegos como las pirañas, en que un gran grupo se subía a unos asientos de cemento y otros estaban abajo pellizcándote furiosamente, mientras los que permanecían arriba se empujaban con brutalidad. El que caía se transformaba en piraña y ser una de esas sabandijas era perder, así es que yo me dedicaba a repartir codazos, combos, patadas, lo que fuera, con tal de permanecer arriba.
Otras veces, hacíamos una especie de soga humana, en donde uno de nosotros se agarraba de un poste y todos los demás nos íbamos tomando de la mano y empezábamos a correr alrededor del pilar. Para los que estaban al final, era bastante peligroso, porque tomábamos mucha velocidad y era usual ver al último salir disparado para chocar con una pared y fracturarse algún infantil hueso.
En las ocasiones en que no había quórum para armar una maldad, debía dedicarme a cuidar a mi hermano, quién siempre se sintió obligado a defender a los más débiles. El problema era que él también lo era. Parecía tallarín Nº 3, largo y extra flaco. Como yo me juraba chorita, tenía que partir a salvar a mi hermano, al que encontraba en el suelo tirando patadas de defensa o con la cabeza incrustada en algún ventanal. Entonces me venía una incontrolable furia y les daba tremendas palizas a los que habían osado agredir a mi "hermanate". Y no es que yo fuera maceteada ni alta. Era feroz y contaba con el cariño del director, así es que, por angas o por mangas, estaba destinada a sacarle la cresta a cuanto gil le pegara a mi hermano.
Por las tardes, luego de las tareas, salía a jugar. Jugaba absolutamente a todo, salvo volley. Corría, jugaba a las escondidas (ese era mi juego favorito pero siempre perdía porque me venían unas ganas de hacer pipí que jamás pude dominar), andaba en patines, bicicleta, etc. Recién a las 12 de la noche entraba a mi casa, a ver tele.
Entremedio salía de paseo, me leía fascinada mis libracos, dibujaba miles de caricaturas, tocaba flauta, peleaba con medio mundo, comía, dormía, hacía maldades. Vivía. De verdad que vivía.
Un mal día todo eso acabó. Me volví débil, floja, desganada.
Mirando hacia atrás, no alcanzo a ver con claridad cuándo mis ganas de vivir quedaron del otro lado del espejo, cuándo el tiempo se me hizo tan corto y el sueño tan largo.
Mi abuelo siempre decía que los golpes no te hacen más fuerte, muy por el contrario, resquebrajan tu espíritu y tu voluntad.
Al menos por ahora no tengo más remedio que aceptar esas palabras como una gran verdad de vida pero me gusta pensar que seré capaz de quebrar esta eterna racha perdedora (que según mi familia, es una maldición ligada al apellido).
Tal vez por ello siempre odié a Carroll y su Alicia: Este lado del espejo no me gusta nada.