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16 de febrero de 2008

Tarde de picnic


¡Hazte a un lado! Le dijo con voz firme.
Y él lo hizo, sin siquiera chistar. Se sentó sobre una piedra quemante, mientras el sol golpeaba su frente y sus sienes bombeaban como tambor africano.
¿Podrías callarte o bien te alejas si es que no piensas parar de cantar esas estupideces?
-Pero si ya me alejé lo suficiente y casi estoy friéndome con este calor. Además la canción no es mala.

Mira, si tu "canción" fuera buena, hasta estaría dispuesta a escucharte chillar ¿Es que no puedes vivir sin tener que molestarme? Primero invades mi espacio y luego no me dejas ni descansar.

-Está bien, voy a caminar por ahí un rato.
Me parece perfecto, siempre y cuando no te alejes mucho, porque no tengo ganas de deambular por ahí buscándote como si fueras un chiquillo perdido.

-Voy a estar cerca ¿Quieres que te traiga algo?
¿Algo como qué? ¿una rama, una piedra, otro cabro molestoso? A ver, tráeme un Pinot bien helado y una tabla de quesos.
-Pero ¿dónde consigo eso?
Exacto, eres brillante. Estamos en medio de la nada ¿qué podrías traerme? Mejor te vas debajo de ese árbol, aprovechas de escuchar el río y cantas todo lo que quieras, porque desde ahí, nadie te va escuchar.

Y lo hizo: caminó hasta el árbol, junto al río pero no cantó. Solo se dedicó a escuchar el tintinear de las piedras llevadas por el torrente. No era su canción pero resultaba casi melodioso. Ella estaba lejos, tanto que parecía una cucaracha de espaldas, toda cubierta por un pegajoso veneno, sofriéndose, adobándose en su jugo.

Una fuerte y repentina brisa le trajo unas gotitas de agua de río.

- ¿Será verdad eso que dice la gente? Que el agua estanca mantiene todo lo malo pero la corriente se las lleva?

¿Dónde se habrá metido éste? Por la cresta, si lo que más le dije es que no se alejara. Ahora capaz que me quiebre una pierna entre tanto pedrerío y todo por tener que ir a buscarlo.
Y lo llamó por largo rato pero él no aparecía. Finalmente, caminó hasta el árbol bajo cuya sobra lo vio por última vez.

¡Ni rastro! Me estropeó una perfecta tarde de relajo.

Y el muy estúpido dejó acá su reloj y sus zapatillas. Si no es por mí, las habrían robado.

27 de noviembre de 2007

Esquivando...


Llevo prácticamente un mes evitando el tema.

Pero necesito escribirlo.

Ocurre que el día en que acababa la Feria del Libro, noté que una de mis niñas (mis gatitas) tenía una barriguita demasiado prominente y estaba decaída. Pensé que no debía ser nada serio, así es que esperé hasta el día siguiente y la llevé al veterinario. Le pusieron un enema, pobrecita, porque lo más lógico era pensar que sufría algún problema intestinal provocado por tragar muchos pelos. El martes, sin embargo, seguía igual. Volvimos a la clínica y le tomaron una eco abdominal. ¿Estreñimiento? ¡Las pinzas! Había hecho una gigantesca infección uterina y debía ser intervenida en el instante. Su Doc. la operó esa misma noche y le practicó una ovario-histerectomía de urgencia.

Quedó flaquita mi Lunita, toda volada por la anestesia y con la cabecita hecha bolsa de tanto intentar salir del canil. De una gatita de facciones finitas, pasó a tener cara de Bull Terrier. A pesar de ello, todo iba muy bien...hasta unos siete días después. En uno de sus controles, la veterinaria se percató que la sutura interior se había abierto, por lo que debería ser intervenida nuevamente.

Otra vez al quirófano, otra vez volada y adolorida. Pero esta gatuna es loca y si hay algo que adora son las acrobacias. Por más que intenté contenerla, no paró nunca de saltar, trepar y volar. Sí, porque esa canción flaite del "gato volador" no es ninguna mentira. Los gatos vuelan...buehhh, al menos planean.Y eso no iba a serle de ninguna ayuda. Ya me daba miedo llevarla a control, después de todo lo que se había zangoloteado. Mis temores no fueron infundados: otra vez había roto las suturas y nuevamente debería ser operada ¡Por tercera vez!

De eso me enteré el jueves y la intervención quedó programada para ayer.

Del total de maullones que tengo (son seis) solo dos estaban esterilizados, razón por la cual, aprovechamos de operar a las otras tres junto a la muy voladora, para que así viera quietud por toda la casa y no le entren ganas de seguir zarandeándose. Por lo demás, esa infección que tuvo, bien podrían hacerla mis otras niñas, puesto que se debe a problemas hormonales y son todas familia (la mamá y las hijitas).

En resumidas cuentas, ayer fueron cuatro a pasar un rato no muy agradable a la clínica (que a todo esto está al lado de mi casa), mientras yo estaba que me deshacía de los nervios.

A las ocho salí, caminé unos veinte metros y entré a buscarlas. Ahora las voladas y turulecas eran cuatro. Me las traje de una en una y las fui acomodando en una cama especial que les había preparado en mi dormitorio. La mayor se ha dedicado a dormir, mientras las hijas cada una ha reaccionado diferente. Una anda toda mañosa y enojona, otra está como tuna y la menor fue la de peor reacción. A veces duerme, pero cuando despierta quiere puro arrancar, así es que hay que andar bajándola de las ventanas. Una vez abajo, reacciona y se pone a llorar porque no quiere estar sola. Para mayor desgracia, producto de tanto salto anoche sangró harto, así es que me dediqué a molestar a su Doc. por teléfono durante la madrugada, presa del pánico.

Cuando se calmó, dormitó pero cada vez que abría los ojos y no me veía se ponía llorar, así es que terminé acostada en el suelo, al lado de su cama, cuidándola.

Ya no dormí anoche...a ver si esta noche duermo algo.


Y todo esto me pasó por no haberlas esterilizado cuando eran guaguas. Entonces no me atreví y resultó ser peor para todas: ellas y yo.

Creo que nunca aprenderé...

22 de noviembre de 2007

Anecdotario Sin-tético y con (también)

Leyendo a Ángel y Demonio, se me vinieron a la memoria algunos recuerdos algo añosos.
Así por ejemplo, recordé que a los 19 crucé mis primeras palabras con quien años más tarde sería mi amiga más querida (aunque la amistad, obvio, funó eventualmente).
El caso es que yo estaba toda turuleca, en la puerta del salón al que debería entrar en unos cinco minutos más para rendir el examen de Derecho Internacional Público. Trataba de poner oreja a las preguntas que estaba tirando la comisión. En eso, aparece al lado mío, casi como loro encima de mi hombro, esta mina que era una completa planicie y nadadora de tomo y lomo (si comprenden a lo que me refiero). Traté de no tomarla en cuenta, pero era imposible no percibir que tenía sus ojos clavados sobre mi escote. Me tenía muy incómoda, así es que le lancé una mirada punzante y eterna pero ella permanecía impávida. Entonces, no encontré nada mejor que preguntarle acaso no había visto un par de pechugas antes, convencidísima que con mi frase para el bronce la iba a hacer esfumarse rápidamente. Fue mi error, lo reconozco, porque me cagó con su propia impresión de los hechos: "¿Cuáles pechugas? Si hasta yo que soy famosa por no tenerlas me puedo parar tranquila a tu lado!".
Solo alcancé a odiarla en silencio, porque era mi turno de sentarme frente a la comisión.
Aproximadamente un mes después de ese episodio, iba yo caminando por paseo Huérfanos y veo a unos 30 metros un hombre espectacular: alto, facciones perfectas, fachoso él. Seguro era un ejecutivo exitoso (o al menos eso proyectaba). A medida que se fue acercando, pude percatarme (antes no porque soy piti) que me miraba fijamente, con esos ojos típicos que ponen los hombres cuando están a punto de decirte algún piropo. Y me creí la muerte ¡Pensar que este tremendo mino me está pescando heavy!!! (yo, que suelo ser piropeada solo por heladeros y carniceros). Cuando estuvo a cincuenta centímetros de mí, era toda orejas para disponerme a escuchar las linduras que habrían de salir por entre sus labios...pero NO!!! No me dijo nada. En cambio, el muy califa y desubicado fue y me agarró la pechuga izquierda. Casi me quedo pasmada pero antes atiné a pronunciar un "perdona lo poco", para luego intentar desaparecer en medio del gentío de media tarde.
Varios años más tarde la cosa tomó otro rumbo. No sé si habré comido mucho pollo o se me trastornó la hipófisis. Mientras no las tuve, nunca me urgí y cuando me aparecieron, tampoco fue tan importante. Sin embargo, para mi amiga F (la misma que me cagó a los 19 con su comparación de delanteras), el asunto era digno de encomio y siempre lo estaba mencionando. Nunca me molestó, más bien me divertía porque me evidiaba la suerte. Hasta un día lunes de verano, de la década pasada, por la tarde.
Quedamos en juntarnos en el Conservador de Bienes Raíces. Yo iba bastante atrasada así es que llegué corriendo. Para variar, F tenía sus ojos sobre mi torso. Cuando llegué a su lado, me dijo casi a grito pelado: "Huy, pero que linda te ves así" ¿así, cómo?, le pregunté.
Y claro que me respondió (quien me mandó preguntar): haciendo los correspondientes gestos de manos, me dijo "es que cuando corres, las pechugas se te bambolean y parece que en cualquier momento se te escapa una ¡Qué envidia!". Naturalmente, nunca más corrí en verano.


















Fuente: tintaculo.blogspot.com
autor: Guille.

16 de noviembre de 2007

Sorpresas te da la vida


De vez en cuando -o más bien periódicamente- mi madre recordaba a sus amigas y amigos de soltería, siempre con mucho cariño: las chiquillas Arrieta (a quienes conocí recién en el velorio de mi mamá), Luis Alberto Ganderats (compañero de colegio y gran copión de los exámenes de mi madre), el chino Enrique (dueño de la carnicería del barrio), la Nora Ferrada: también compañera de colegio y de la selección de basquet, la Rosa Garibaldi, el "Banana", la Natacha y otros tantos.

Con especial cariño se acordaba de Eva, probablemente la mejor amiga que tuvo y que incluso fue su madrina de bodas.

No conocí casi a ninguno de ellos. Luego de casarse, desaparecieron todos (imagino que algo tendrá que ver el explosivo y posesivo carácter de mi padre).

Pero Eva, junto a las "chiquillas" Arrieta ocupaban un gran lugar en su corazón y en su memoria.
A veces se preguntaba qué sería de ellas y en más de una ocasión le saltaron unos lagrimones de añoranza.
A varios vi por vez primera cuando el corazón de mi mamá (Lila, para los amigos, cosa rara porque se llamaba Blanca) dejó de latir.
Eva, sin embargo, no apareció y nosotros no sabíamos nada de ella, así que mal podríamos haberle avisado. De hecho, mi mamá pensaba que se había radicado en el extrajero.

Este año recibí un mail que fue toda una sorpresa: Era de la hija de Eva, quien de casualidad conoció a un primo mío y, por su intermedio, obtuvo mi dirección de correo.
Me contó de su madre y de lo mucho que siempre quiso a "Lila". Ella quería que nuestras madres se reunieran y retomaran su entrañable amistad. Yo también lo hubiese querido así. Sin embargo, a la fecha del mail, mi madre llevaba casi 5 años dentro de su casa de caoba, con puerta sellada de vidrio, guindo y adornada por una cruz de roble.

Pero Eva, a pesar de la pena y la lejanía, no fue una estrella fugaz. De vez en cuando hablamos por teléfono. Las primeras veces, me dediqué a contarle acerca de mi madre, su vida y su extraordinaria forma de ser y de enfrentar la vida. Hoy por hoy, conversamos de nosotras, de nuestras familias. Y le tengo cariño; nunca la he visto en persona pero de verdad que la aprecio sobremanera y creo que a ella le pasa lo mismo.
Tal vez sea que para ella, yo soy el nexo que mantiene su amistad con mi madre, mientras para mi, ella es el puente que me lleva directo a la vida de mi mamá. Perfectamente puede decirse que heredé esa amistad, más allá de los diferentes estilos de vida y la natural diferencia de edad.

Algo inesperado, un poco insólito pero bonito, lindo en verdad.

10 de noviembre de 2007

RE-COLECCIONES VARIAS



Indagando en la blogósfera, dentro de lo que podría llamar "mi ejercicio holmesiano", me he ido percatando paulatinamente (disculparán los lectores pero a veces puedo ser suma-mente-lenta) que existen almas penitentes y han abierto blogs.

Las hay unas más enrevesadas que otras, sin embargo, mantienen un cierto hilo conductor-inventor-satírico-cabezón y se dedican a plantar páginas y páginas virtuales. Utilizan diversos nombres, se dicen de diferentes países y con distintas "graduaciones" post-secundarias. Cada blog tiene sus propios comentaristas, links y cosillas de ésas para picar, tipo fotos, botones y/o autores.

De lo que me he dado cuenta, para hacerlo lo más escueto posible, es que muchas de aquellas bitácoras tienen una sola persona por autor. Persona ésta que me resulta imposible no intentar escudriñar hasta dar con lo que puede sonar como una absurda teoría, tanto más que lo bizarro de su actuación virtual.

En fin, creo que mantendré el secreto por algún tiempo, hasta hacerme de las pistas suficientes. No es que no esté segura de lo que digo ni de la conclusión a que llegué. Sucede, en cambio, que puede ocurrir perfectamente que el siniestro caso por mi descubierto no interese a nadie más o que, aún interesando a más de alguno de ustedes, no pueda comprobarlo más allá de la duda razonable, motivo por el cual el pseudo ilícito que se perpetra puede no ser nunca probado...

Reeeesumiendo ¿Alguien por ahí leyó Orlando, de la Virginia Woolf? o más fácil aún ¿Alguien vio la película? Por allá va la cosa, si es que no se acerca a un acontecimiento de personalidades múltiples (no de las verdaderas y extraordinarias, sino de la fingidas y extra-ordinarias)


¿Será posible?

28 de octubre de 2007

Jardineando



Ayer por la tarde me dediqué a jardinear. No sé muy bien por cuanto rato pero fue un tiempo bien laaaargo cortando hojas, ramas, podando como si fuera "Fulerita Dedos Verdes". Es que el antejardín parecía selva tropical y le hacía falta su "manito de gato". Para ser más bien pequeño, hay mucho qué hacer, porque a mi madre le encantaban las plantas y convirtió ese pedacito de tierra en un real invernadero en donde hay prácticamente de todo: Hibiscos, rosas, laurel de flor, calas, menta, un dafne, otra cosa muy frondosa que cuido sin saber su nombre, ruda, maleza, tréboles y varios etcéteras también desconocidos para mi.

Como detesto usar guantes, pues hice todo el trabajo a manos descubiertas, motivo por el cual tengo en cada dedo al menos un par de espinas y un músculo de la mano derecha medio reventado. Pero ésa es la parte linda. Ocurre que cuando ya llevaba al menos una hora en esos menesteres, uno de mis gatitos se fue a "pastar" al jardín vecino y casi se lo come un perro desconocido por nosotros.

Ante la emergencia, dejé las tijeras a un lado y ¡Zas! que me encuentro con el dedo índice convertido en una masa amorfa y con la piel colgando, bajo la cual se podía ver (y aún se ve) la carne viva. Yo pensé que me dolía por la fuerza que significa cortar tanta rama gruesa pero jamás se me ocurrió que bajo las tijeras estuviera quedando la mansa cagadita.

Demás está decir que ahora parezco un personaje más de "los invasores", con un dedo parado y sin movimiento.

Me queda, sin embargo, la tranquilidad de ver las plantitas más ordenaditas y no tener que salir de la casa esquivando lianas o lo que es peor, salir tan apurada que no esquivo nada y me mando feroz tajo con las espinas del rosal.

Y mi gatito anda medio choqueado pensando en las fauces del perro vecino. Tanto, que hoy ni siquiera ha maullado para salir a dar su paseo vespertino.

En fin: me duele el dedo!!!

23 de octubre de 2007

Contrariada


Participando en un debate X de un blog que leo con frecuencia, me topé cara a cara con el más genuino de los cinismos, la hipocresía y la pseudo corrección.

Todo tipo de participantes, algunos con conceptos claros respecto de lo que se discutía, otros saliendo de las cavernas y otros que -al parecer- creen que por leerse las tapas de libros "eruditos", se les metió por osmosis todo el contenido, sin siquiera sospechar que existen los que sí saben de lo que hablan.

Está claro, todo el mundo tiene derecho a emitir su opinión pero hay que saber cuando cerrar la bocaza, sobre todo cuando están hablando de temas que no dominan.

Debo reconocer que me llegó a dar hipo de rabia, sin embargo, nada puedo hacer al respecto.

Pienso, haciendo un paralelo con mi actual pega, que si uno se topa con otro que sabe mucho más y que en base a sus propios conocimientos se ha formado una opinión, lo más atendible es escucharlo y pensar (aunque sea un ápice), antes de volver a la carga con tonteras insostenibles.

El otro día, haciendo clases sobre una ley en particular, uno de los alumnos me increpó, señalando que le gustaría contar con la presencia de otro abogado que estuviera en contra de la legislación, no como yo, porque, según su apreciación inicial, era una defensora a ultranza del sistema sobre el cual estaba dictando la charla. Antes de ponerme a patalear, lo dejé terminar su idea, porque -después de todo- a mi me interesaba su opinión, pues para la platea, él debe batirse con esa ley todos los días e intentar superar sus deficiencias.

Una vez que hubo terminado con su visión del asunto, repliqué. Y repliqué porque definitivamente, yo reconozco que esa ley cojea feo. Le expliqué entonces que, muy por el contrario de lo que él suponía, yo compartía su opinión. Nuestra diferencia radicaba en la forma de abordar el dilema. Para él, había que barrer con todo. Para mi, la labor se centraba en que comprendieran el espíritu de la ley, sus aristas y que debatiéramos, de forma que ellos (los alumnos) tuvieran mejores armas a la hora de abordar el asunto y de trabajar con él, porque, mal que mal, ese sistema había llegado para quedarse, lleva más de tres años funcionando y se proyectan muchos más, sin que exista iniciativa legislativa alguna destinada a sepultarlo.

Luego de ello, iniciamos varias discusiones, debates y talleres. Al finalizar el día, el alumno en cuestión me agradeció por la clase y me pidió disculpas, cuestión que no me esperaba y me pilló de sorpresa. Francamente, a mi me bastaba con que hubiese entendido la ley y participado del debate, porque ésa es mi pega.

En esa ocasión, yo era la "experta", aunque era él quien convivía con el asunto. Pero cada cual tuvo la posibilidad de aportar, de opinar y disentir, sin que nadie tuviera la más mínima intención de ganar ni de pisotear al otro ¿conclusión? En vista que yo lo escuché y él a mi, tuvimos un debate fructífero que nos condujo a algo. Nada de descalificaciones ni arrebatos infantiles. Así vale la pena y es justo. De otra forma, paso.
Sin respeto no se puede ni se debe. Lamentablemente, hay quienes están convencidos que respetar es una corrección política y son incapaces de visualizar ni inferir más allá de lo que su "libre albedrío" carente de discernimiento les dicta.

27 de septiembre de 2007

Patada Militar

Las cosas andaban mal: los noviazgos a distancia son siempre complicados (personalmente siempre los vio como utopías). En seis meses se habrían visto unas tres veces y todas esas ocasiones a hurtadillas (hay secretos que nunca pueden ser develados y ambas lo sabían).
Hasta que la más impulsiva de las dos, se decidió un 19 de septiembre, día de la Parada Militar y no encontró nada mejor que, messenger de por medio, comunicarle que hasta ahí llegaba todo, que no había vuelta atrás ni adelante, que lo que nunca debió ser no lo sería más.
Y la bucólica, la pausada y siempre muy medida, comenzó a vomitar como si se tratara de una burda escena de película gringa.
Es difícil comprender cómo una persona tan aterrizada y aplastante en su realismo hubiera sido capaz de aventurarse así pero lo había hecho y había perdido, sabiendo de antemano que -como reza la propaganda de una serie- "con las mujeres no se juega"; conociendo perfectamente las posibilidades de perder en una apuesta de a dos.
Pero a veces la gente se ciega y cree que si quiere algo lo suficiente, lo conseguirá, por difícil que parezca, por alejado, por ilusorio.
Así es que volvió a apostar y tomó un vuelo de madrugada, sola, llena de pavor por la altura y por las consecuencias del riesgo.

Llegó a la ciudad de sus imposibles, perdida, mareada, hasta que la encontró y no supo qué decir. Quiso robarle un beso pero no fue capaz, quiso zamarrearle los hombros hasta que su corazón volviera a palpitar, le miró con ojos de pena, pidiendo compasión. Dentro de su restringido repertorio, hizo lo imposible. Pero ¿Cómo podía una mujer convencer a otra cuando no sabe lo que hace?

En el avión de regreso, tomó el asiento de la ventanilla y -aunque estaba oscuro- se dedicó el viaje entero a mirar por la claraboya el negro cielo que se enconde más arriba de las nubes cuando es de noche. No comió nada, no miró a nadie. Salió del aeropuerto, sin ver a nadie aún, sin escuchar nada más que el sordo eco de los motores del avión.
El viento partiéndole la cara le hizo despertar de su abismo y casi sin quererlo, se marchó tarareando una tonada marcial.

17 de septiembre de 2007

Dedos de Travesti

Ella nunca había pensado siquiera en los dedos de un travesti. La vida, con sus extraños giros, sin embargo, la llevó directo a ellos.
Era de noche y, junto a un grupo de amigos y su pareja, iniciaron lo que para ella era toda una aventura: adentrarse en una disco gay de ésas de vanguardia. Por esos años, la más codiciada era una de nombre apropiado, como un refugio de guerra pero en inglés, por supuesto; un antro capitalino de costosa entrada y renombre.

Entraron y todo parecía ser una gran bodega, de ambientación europea. Aprovechando la copa gratis, pidió un vodka naranja, luego otro y otro más. Y a bailar. Movía las caderas como si tuviera ligamentos de bombacha bien usada. Contorsionista: estaba hecha para eso.

Como ya se encontraba pasada de copas, dio gran espectáculo con su pareja, tocándola hasta en los más recónditos lugares, sin ningún temor al escrutinio. Nadie hubiera pensado que era su primera vez en una situación así, frente al público (porque estaba encaramada arriba de una tarima) y en un "lugar de ésos".

Más tarde bajaron de la tarima, porque la fiesta de espuma estaba por empezar. Se pararon justo en medio de un dintel de fierro, parecido a los de las piscinas. De pronto ¡Splash! El agua salía de todas partes hasta que cada uno de los asistentes quedó hecho una sopa. Luego la espuma le estaba llegando al cuello, a otros los tapaba enteros y a los menos les llegaba a la cintura.
La euforia le debe haber jugado una mala pasada, pues a poco bailar entre los espumantes, el recinto comenzó a darle vueltas y, aunque sofisticado, giratorio no era.
Decidieron salir de allí bien entrada la madrugada y se fueron, tambaleantes, a tomar un café.
Ella se sentó con la esperanza puesta en la cafeína pero no hizo más que empeorarle las cosas: ahora lo comido rugía por aparecer desde el mismo lugar por el que había entrado.

Como pudo subió las escaleras y buscó el baño. Ella no supo de dónde (nadie se preocupó tampoco) apareció una mina ultra producida y de fiesta. Abrió la puerta y le dijo que no se preocupara. Le dio su nombre y luego un escueto y bien dirigido "abre la boca".
La abrió, casi por reflejo. Entonces, sus ojos semi cerrados se espabilaron al ver cómo dos huesudos dedos de macho con largas uñas bermellón entraban por su boca, para empujarle la lengua e inducirle a botar lo que le revolvía el estómago.

"Listo, linda, misión cumplida y cúidate mucho: estos lugares no son para ti"

10 de septiembre de 2007

La cuarta es la inmoral

Por un problema que ya ni vale la pena comentar acá, toda la información, todo mi trabajo, todos mis escritos, tanto personales como jurídicos, todas mis fotos, las he perdido, con la sola excepción de algunos de los microcuentos, porque por suerte se los envié a una amiga para que los leyera....acá va lo que quedó de mis documentos, Santiago en 100 palabras:


La Fea

¡Qué mujer más fea! - Pensó mientras miraba la hora.
Ya voy tarde ¿Irá tarde la fea? No creo. Las feas son puntuales, suplen sus falencias con diligencia en la oficina.
Qué mal, la fea se está parando junto conmigo...
Listo, a bajarse y ser rauda. Correr las escaleras para tomar el primer taxi. Esta mujer sube muy rápido y se le está resbalando la cartera.
Hecho: a la fea se le cayó la cartera y por fea que sea mejor le aviso.
- Entonces le tocó suavemente el hombro y dijo:
Disculpa, se te ha caído la fea, toma.


Supervivencia

Una perra en celo corre despavorida mientras una decena de machos la persigue. Se salva por el semáforo, porque los perros saben esperar la luz. Les aventaja media cuadra y sigue su carrera. Ha de ser su primera vez: el terror se refleja en sus ojos amarillos.
Más atrás, los canes pelean de antemano su opción de cruce y mantenimiento de la especie, lanzando feroces mordidas al aire y mostrando sus siempre temibles fauces. De pronto, una camioneta para y se abren sus puertas traseras. ¡Todos adentro! Grita el conductor, mientras la hembra se aleja con su celo a cuestas.


Una de amor

¿Me abres la puerta? Él se sonrojó un poco pero accedió al gesto. Tomaron un rumbo incierto, por calles sin nombre y sin cruces. Ella encendió un cigarro y la radio del auto. Música romántica, demasiado, para el gusto masculino. Él iba incómodo: no fumaba y esa música le agriaba el ánimo, así es que cambió la estación y se dispuso a abrir las ventanas, mientras ella fingía mirar el horizonte. No hubo conversación ni miradas, tan solo música y viento colándose. ¿Me amas?
Claro que sí, titubeó ella. Te creo, dijo, apretando el acelerador para caer directo al barranco.



El pulmón

El San Cristóbal tiene un encanto único. No importa si vas mil veces, mil veces verás cosas distintas. Le dicen el pulmón de Santiago y no deja de ser tan cierto como un cliché. Mi última visita memorable fue con mi madre y mi hermano. Debimos parar el auto muchas veces hasta llegar a la cima. A la Virgen la pudimos ver desde cierta distancia. Inolvidable paseo, el último de mi madre, visitando el pulmón de una ciudad que le había robado los propios.